Economía

Las zanahorias con gusto a poco

A la hora de hacer el balance de lo que transcurrió, este año que se aleja para no volver jamás, viene con una marca indeleble: la pandemia.

En Economía se denomina a un hecho como el que llegó a nuestro país en marzo de este año pero que ya se anunciaba desde fin de enero, un cisne negro: algo sorpresivo que reconfigura todo el sistema económico con consecuencias que no se pueden proyectar con precisión al inicio.

Quedará para el análisis contrafactual qué hubiera pasado si el Covid no hubiera ocurrido.  Los objetivos de corto plazo del entonces flamante gobierno para el verano pasado eran el de dejar de utilizar las letras de Tesoro para financiarse y así derivar el costo financiero creciente para la mejor de haberes jubilatorios o financiar el PAMI; renegociar con éxito la deuda con los bonistas privados y atacar la indigencia a través de políticas activas.

Ya iniciado otro verano podríamos decir que las zanahorias que perseguía el Gobierno, se cumplieron, pero quedaron como una victoria menor por obra y gracia de la caída más grande del ingreso que recuerde el país, sólo comparable con los peores momentos de la hiperinflación de 1989 y la explosión de la convertibilidad, en 2002. La OCDE arriesga una cifra de entre 12 y 13% de derrumbe del PBI, superando a las economías que picaron en punta con cantidad de casos en la pandemia y debieron paralizar temporalmente la actividad.

La diferencia entre lo propuesto y lo logrado no sólo es por culpa del cisne negro pandémico. La deuda pudo ser renegociada con éxito en un contexto de bajas tasas de interés y desincentivos para la inversión en todo el mundo, que ayudó a que la administración de los Fernández pueda respirar con tranquilidad en ese flanco porque no tendría que pagar casi nada hasta 2023.

También el Tesoro aflojó el ritmo de endeudamiento con bonos del Central por lo que tuvo que pagar en principio, menos intereses y liberar esos recursos para gastos previsionales. Sin embargo, el costo de la matriz monetaria y cambiaria estalló por los aires cuando el dólar fue canalizando los cepos y restricciones financieras, ampliando la brecha cambiaria e hipotecando un futuro viable.

Tanto que cuando llegó al 120% y el dólar amenazaba tocar los $200, hubo cambio de planes y todo volvió a ser como era entonces: operatoria en mercado de bonos dolarizados y a patear para adelante esperando la cosecha salvadora del otoño próximo. Por último, en medio de la crisis y gracias a la efectividad de políticas de acción directa como la tarjeta de alimentos o la ampliación de beneficios sociales, se pudo amortiguar el golpe por la caída del empleo, el aumento de la pobreza (44% según la UCA para el 3° trimestre) y la persistencia de la inflación, a pesar de los congelamientos y controles de diverso tipo.

La pandemia, entonces, maquilló lo que hubiera sido un fracaso no en el logro de los objetivos, sino en el efecto casi mágico que se le atribuía en el fragor de la campaña electoral y la prédica militante: son zanahorias alcanzables y medibles, pero insuficientes para producir el gran objetivo: poner nuevamente a la Argentina de pie. Queda entonces esta delicada cuestión pendiente para el año que comienza y no seguir corriendo detrás de zanahorias efímeras.

Por Tristán Rodríguez Loredo