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La pampa….promesas

Por Patricio Di Nucci (*)

Columna destacada 

En una apretada síntesis, la vida humana se desarrolla en tres niveles: el de la promesa, el de la realización y el de la revisión. En este juego es atribuible la época de la promesa a la juventud, la de la realización a la madurez y, finalmente, la de la revisión a la ancianidad. Las tres están presentes en cada una, aunque la promesa es dominante en la juventud, la realización en la madurez y la revisión en la ancianidad. La promesa es proyección, es diseño, deseo. Es situar en un después (eso significa etimológicamente promesa) la vida; algo así como vivir antes de tiempo, pero a la vez postergar para más tarde, para un futuro que siempre se diseña como mejor. Y el diseño es dúctil, maleable, adaptable a gustos, deseos que no excluyen ensoñaciones. Lo más atractivo del viaje de vacaciones es el madrugón para salir; simplemente porque las vacaciones son solo un proyecto, una venturosa expectativa. Al llegar, el disfrute encuentra los límites de la realidad: sean los tábanos, las aguas vivas o la temperatura fría del mar, o las multitudes, cosas normales, pero es propio de la realidad.

La realidad siempre manda. La etapa de las realizaciones es la de las posibilidades concretadas. Lo que se diseñó en la juventud fue recibiendo indicaciones de la realidad que permitió algo, parte del diseño original; u otra cosa diferente de la pensada. Hice de mí esto que poseo de mi vida, solo parte del plan original, o nada. Es el momento de la experiencia de los límites, y tal vez, bien manejado, el del comienzo de la amistad de lo que pude ser. Llevado al modelo de una casa sería decir que la promesa, el plano, no concibe goteras; la realidad me obliga a poner baldes; la realidad me conduce a lidiar con límites y por eso, es la oportunidad, solo la oportunidad, del conocimiento honesto de sí mismo y de la amistad con las debilidades. Un chico no conoce a otro adulto como conoce a su padre, por lo que su padre es medida de todo y lo puede todo. El padre, en cambio, tiene conciencia de sus inseguridades.

El anciano no deja de ser promesa y realización. Pero es un tiempo en el que ya conoce lo que fue. Puede recordar lo que proyectó, revivir lo que realizó, aunque experimenta intensamente los límites de su presente. El hombre que ya vivió, el anciano, suele ponderar más juiciosamente cada cosa, conducirse con la prudencia que pocas veces está en las otras etapas.

Ciertamente que el joven realiza y evalúa, el maduro proyecta y evalúa y el anciano proyecta y realiza, pero si un joven vive intensamente la realización y la evaluación, corre el riesgo de quemar etapas; el anciano que vive en la promesa corre el riesgo de ser un “viejo verde”. Y esto que corresponde a las personas, es aplicable a las sociedades, a las instituciones y a los países.

Ortega y Gasset –tal vez el extranjero que mejor conoció al argentino- al terminar el segundo de los tres viajes que hizo al país, escribió un artículo en el que se entretiene describiendo la idiosincrasia del argentino.

En octubre de 1928 en camino en tren desde Buenos Aires a Chile, vía Mendoza, observaba la pampa, la que había imaginado antes del primer viaje en 1916 cuando se preguntaba, antes de salir de España: ¿Qué será la pampa?, y aclara: no geográficamente sino sentimentalmente. En ese viaje –doce años más tarde- experimenta una suerte de respuesta, o descripción de la pampa, pero en relación con el argentino. Luego de éste escribirá dos artículos más que harán un gran revuelo: “El hombre a la defensiva” y “Por qué escribí el hombre a la defensiva” (con no poco repudio del grupo martinfierrista, en el que estaba Borges, Marechal y otros). El artículo que cobra cuerpo a partir de su experiencia con la geografía que recorre hacia Mendoza se llamará “La pampa….promesas”. Allí trabaja los rasgos del ser argentino a partir de la pampa como accidente geográfico. El primero, y principal, es el efecto de la vista al mirar el paisaje: tan profunda es la distancia, tan limpia de objetos, que no tiene dónde fijar los ojos; es un mirar lejos, a ningún lugar, a perderse en la infinitud, a vagar sin destino. Es el lanzarse hacia un más allá que se convierte en desafío: la construcción de algo para descansar del infinito, para salir de lo incierto, de lo lejano, de lo futuro. Es el desafío a construir un presente que dé realización a una promesa. Años más tarde, en 1939, el tercero, más largo, y último de los viajes gritará en la conferencia pronunciada en La Plata: “argentinos a las cosas, a las cosas”, que aún hoy nos interpela.

“Meditación del pueblo joven” se llamó la conferencia que un Ortega ya conocedor de la idiosincrasia argentina reclamaba con desesperación romper con los egoísmos, descalificaciones que habitaban el carácter argentino y convertir en realidad la promesa que era el país. Mientras España terminaba la cruenta y fratricida guerra civil, Europa se lanzaba al desquicio nazi, Ortega reclamaba a los argentinos sacudirse la mediocridad que impedía convertir en realidad una promesa: «¡Argentinos! ¡A las cosas, a las cosas! Déjense de cuestiones previas personales, de suspicacias, de narcisismos. No presumen ustedes el brinco magnífico que dará este país el día que sus hombres se resuelvan de una vez, bravamente, a abrirse el pecho a las cosas, a ocuparse y preocuparse de ellas directamente y sin más, en vez de vivir a la defensiva, de tener trabadas y paralizadas sus potencias espirituales, que son egregias, su curiosidad, su perspicacia, su claridad mental secuestradas por los complejos de lo personal».

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Seguramente habrá tantas respuestas como personas interpeladas. En 1928 el país era joven, estaba terminando la presidencia de Alvear, con resultados de expansión económica fenomenal; con dificultades, pero se consolidaba institucionalmente. En el 30 el primer golpe militar, en el que participó Perón, joven capitán. Los sucesivos golpes militares: el del 43, en el que también participó Perón, ya coronel, el del 55 y los sucesivos, han construido, quizá, un marco institucional débil. El siglo en curso lo abrimos con una crisis estremecedora de la que salimos rápidamente por la solidez de la infraestructura de la denostada década del 90. Y llegó el kirchnerismo en sus múltiples formatos, aunque todos engordados por el desprecio a las instituciones cuando no se alineaban con el autoritarismo que los caracterizó, por el latrocinio organizado del que estamos siendo instruidos estos días por el fiscal Diego Luciani. Si son condenados en todas las instancias, correspondería que desmontaran el nombre de cada una de las calles, hospitales, puentes, túneles, avenidas, monumentos, etc. etc. etc., que han sido bautizados con el nombre de esta gente.

Ya no somos tan jóvenes como país. Estamos encontrando nuevamente el año 28 por la espalda, dando vuelta el siglo y……seguimos siendo promesa. Tal vez los países envejezcan, muchos han desaparecido o se han reducido con el paso de los siglos, no es nuestro caso. No obstante, ya es tiempo de las realizaciones, es tiempo de encontrar un destino, salir del eterno estado adolescente en el que todo es promesa, es expectativa de un futuro que no tiene otro resultado que negar el presente, o justificar el fracaso del presente. El kirchnerismo ha sido, solo mirando resultados, desapasionadamente y con la serenidad elaborada por el tiempo de padecerlos, una tragedia para el país. Son mentirosos, irresponsables, ladrones, autoritarios, manipuladores y, muy grave, son disolventes. Destruyen lo que no gobiernan. No les importa nada la gente común, simplemente no les importamos. ¿Cómo puede ser que el billete de mayor denominación sea de tres dólares?

Néstor Kirchner recibió un país con superávit, no lo produjo él; con precios de los servicios conforme a su valor; con capacidad instalada y moderna, con la economía en expansión, con inflación en estándares internacionales. Los tres gobiernos que administraron fueron perdiendo una a una las bondades de cada item. Y así hemos llegado a este cuarto gobierno: chapucero, ineficiente y dislocado. La capacidad destructiva solo encontrará el límite que le pondrá el tiempo. He perdido toda esperanza en que el vuelco sea hacia la seriedad.

Ahora se abrazan a Massa. Fue de la Ucedé, peronista, kirchnerista, antikirchnerista, nuevamente kirchnerista-cristinista (o con capacidad de ser parte del gobierno). Hasta cambió de club; en San Martín, quienes lo conocen de joven, dicen que era fanático de San Lorenzo; ahora es fanático de Tigre. ¿En ese hombre se nos pide confiar?

 

(*) El autor de la columna es Licenciado en Teología (UCA) y Licenciado en Letras (UBA)