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Girolamo, Desiderio y los políticos argentinos

Por Patricio de Nucci (*)

Columna destacada

Hay personalidades de la historia que siguen vigentes porque conservan la frescura y originalidad que los mantiene vivos. Algunos han sido vituperados o interpretados de modo tal que su desgaste los puso cerca de los límites de lo conveniente. Podríamos decir que no han gozado de buena prensa. En esta lista se encolumnan Girolamo Savonarola y, menos marginado, aunque igualmente sospechado, Desiderio Erasmo.

Ambos vivieron los finales del siglo XV y el segundo, además, se adentró en el XVI; no se conocieron entre sí, uno de Roterdam, el otro de Ferrara. Los dos clérigos y fieles a la Iglesia de Roma. El primero dominico, el segundo agustino, al igual que Lutero.  Ambos muy críticos con las costumbres llevadas por la Curia Romana y los clérigos de vida ligera. Seguramente hubieran tenido muchas diferencias porque Savonarola era enemigo del Renacimiento y Erasmo el más encumbrado intelectual renacentista de la época. Dos personalidades potentes que permanecieron fieles a sus convicciones con integridad y coherencia.

No narraré sus vidas porque en cualquier página de internet están recabados los datos más importantes y sus obras. Simplemente diré que Savonarola combatió al Papa del momento por lo disoluta de su vida; lo que procuraba era llamar a la conversión a una Roma desnaturalizada, prebendaria y viciosa. Predicó por una vuelta al Evangelio, al que habían abandonado hacía mucho. Fue la época más oscura de la Iglesia y el Papa más oscuro de la historia: Alejandro VI (no fue el único Papa con hijos, pero éste tuvo al menos diez. Entre su descendencia se encuentra un santo, su bisnieto: San Francisco de Borja. Se cumple el refrán portugués: Dios escribe derecho con líneas torcidas). Cometió muchos errores; su fanatismo lo llevó a fundar una república, la de Florencia, (aunque no tan república) teocrática, en la que nombró a Jesús como único soberano. Él fue quien organizó “la hoguera de las vanidades” -frase que hoy significa lo que impulsó Savonarola- en la que quemó, durante varios días, las obras artísticas de autores que hoy siguen siendo referentes del Renacimiento. Una errada decisión. Ciertamente cometió un sinfín de desaciertos que le han significado el cuestionamiento de la historia. No se dejó sobornar por el Papa, no cayó en la tentación de los honores que le ofrecían para silenciarlo; fue un hombre íntegro que buscó combatir el Renacimiento, al que veía como causa de los males de entonces, y vivir fielmente el Evangelio. Fue torturado y confesó lo que le pidieron que confesara. Murió en la hoguera, en el mismo lugar donde había quemado lo que, para él, era la causa de la perdición. Hoy hay reclamos de los dominicos de Bologna y de algunas otras partes, que piden a la Santa Sede abrir una investigación reivindicatoria e iniciar la causa hacia la santidad. Si se hubiera atendido su reclamo, probablemente no hubiera tenido lugar la Reforma luterana de 1517, solo veinte años más tarde.

No menos importante es Desiderio Erasmo (Desiderio en latín significa el deseado; y Erasmo en griego significa el deseado, también). Retomando el principio portugués referido antes, Erasmo fue hijo sacrílego -así se los llamaba en la época, y hasta no hace tanto- de un sacerdote y de su doméstica. Criado como se pudo, fue un promovedor de la cultura clásica. Entendía que el pueblo debía leer la Biblia en lengua vernácula para acceder libremente a la Palabra de Dios. De hecho, tradujo la Biblia para facilitar esa lectura. Luchaba para arrebatarle al clero el patrimonio exclusivo de la virtud. Al igual que Savonarola, fue muy crítico con la vida que llevaban los obispos, cardenales y el Papa, por considerarlos escandalosos y alejados de la virtud cristiana. Promocionaba una participación mayor del laicado en la vida de la Iglesia. La nota que lo distinguió fue su absoluta libertad de pensamiento. Entendía que la libertad era lo más precioso que podía tener y por eso lucho y resignó los muchos ofrecimientos que le hacían desde Roma. Tampoco cayó ante la seducción que le proponía Lutero porque, al margen del pecado de los clérigos, entendía que debía respetarse la autoridad del Papa. El principio inflexible fue el de la libertad de pensamiento. Claramente un hombre moderno, un hombre avanzado a su época; difícilmente podía ser entendido entonces, cuando los valores que propugnaba pertenecen al siglo XXI. Erasmo fue un hombre de principios irrenunciables y asépticos a las dulzuras de los honores. Su pensamiento es muy cercano a la teología y visión del Concilio Vaticano II.

Entre ambos se hubieran llevado mal; mientras uno veía en el Renacimiento los males de la época, el otro veía el camino al desarrollo. No obstante, se hubieran respetado y tal vez admirado porque ambos fueron hombres coherentes y jugados cabalmente por lo que creían. Uno hubiera evitado la Reforma, el otro vivió cuatrocientos cincuenta años adelantado.

Los dos fueron honestos hasta su muerte.

De una persona, pública, o no, lo que se valora es su honestidad de vida. Que lo que se ve de él sea lo mismo que guarda. Poco importa que sea compatible con las ideas de otro si lo que sostiene expresa coherencia en el despliegue de su vida. Y a la vez, poco expone más al desgaste que las contradicciones en lo que dice ser.

El holandés no aceptó las prebendas de Roma porque quería independencia para pensar y obrar; no claudicó ante la seducción de Lutero – a quien daba la razón en muchas posiciones- porque creía, y distinguía el quién del cómo, que se debía a la Iglesia de Roma. El italiano expresó pasionalmente sus convicciones.

Los tiempos actuales han cambiado el escenario, las circunstancias y los motivos, pero no la naturaleza virtuosa o corrupta de la acción.

Estamos asistiendo a la descripción detallada por el fiscal de los modos en la licitación, adjudicación y pagos de la obra pública en el gobierno de Cristina Elisabet Fernández. Hasta ahora –no llegó el turno de la defensa- la intervención del abogado de la principal acusada pidió la recusación del fiscal y dos de los jueces del tribunal.  Habrá que esperar su turno, pero lo que importa no es correr a los jueces que determinan su responsabilidad en los hechos, sino los contrargumentos que demostrarán su inocencia ante lo que se le imputa. Ojalá sea inocente, pero las pruebas son contundentes. Todavía falta desarrollar la causa “Los sauces” y “Cuadernos”. Veremos; es difícil justificar a alguien que, en un país con tantos postergados, cobra una jubilación equivalente a cien mínimas. La defensa tendrá su momento, pero los detalles que describen la personalidad de Cristina Fernández, su ostentación en propiedades, en su ropa, joyas, y efectivo, no son compatibles con su derrotero laboral desde la década del noventa hasta hoy.

Del presidente avergüenza ver su personalidad deshilachada, erosionada por el mismo espacio, vaciada de toda autoridad; cabe reclamarle una reacción que restablezca su dignidad. Entre la radicalización como las reacciones de Savonarola contra la autoridad viciada y la indignidad construida por el atropello público de cualquier subsecretario provincial contra la autoridad presidencial, hay un mundo de matices. Si al señor Fernández se le falta el respeto, es una cuestión personal como nos puede pasar a cualquiera y nos ha pasado, seguramente, pero hoy es el presidente; a su dignidad humana se le agrega la representación de una nación entera, la nuestra. Termina siendo motivo de mofa. Cualquiera puede dormirse, no es grave; pero se presta a la burla porque su figura ya no inspira respeto, ya no ofrece coherencia, ya no tiene importancia su voz.

Massa ha tenido un desenvolvimiento zigzagueante. Su accionar público lo ubicó en el liberalismo, en el kirchnerismo y en el viaje a Davos. Es parte de un gobierno en el que una tiene el poder y dos tienen roles en el juego de poder; él es uno de esos dos. Le deseamos lo mejor, porque su suerte es la nuestra; no obstante, no siempre hacer lo mejor es lo que más le convenga; y ese es el temor: por su historia probablemente hará lo que más le convenga y no lo mejor.

En la oposición ha aparecido Carrió con denuncias graves sobre miembros importantes de la coalición opositora; esperemos las pruebas; claramente no hacen bien las denuncias públicas sin aportar lo que las justifica. Si un político tiene una amante resulta irrelevante; si la amante se beneficia por ese rol a costas del erario público deja de ser una cuestión privada (entre otros desaguisados de Alejandro VI, en 1501 salió de Roma para recorrer sus territorios, y dejó a la recientemente enviudada Lucrecia con autoridad para abrir correspondencia y despachar los asuntos ordinarios de la Santa Sede). Si  es cierta la denuncia: pruebas.

Entre Savonarola y Erasmo: ¿Cuál estaba más cerca de la verdad? ¿El que veía en el Renacimiento la perversión diabólica expresada en la licenciosa vida de algunos clérigos importantes, o Erasmo, que veía en el Renacimiento la oportunidad para el renacer también de la Iglesia? Posiciones encontradas, pero ambos definitivamente comprometidos con lo que sinceramente, y a su buen entender, era lo mejor.

La impresión que nos dejan cuarenta años de democracia es que muchos, casi todos, de los que han tenido funciones públicas relevantes han actuado por el poder; la percepción de que han actuado por el servicio desde el poder, que en eso consiste gobernar, es muy reducida. De lo contrario habría mayor voluntad de acuerdos y no una sociedad enfrentada y un gobierno incapacitado para hacer acuerdos, ya no con la oposición, sino entre ellos mismos.

 

(*) El autor de la columna es Licenciado en Teología (UCA) y Licenciado en Letras (UBA)