Cultura

Ella

Foto gentileza: Gastón Passeggi Aguerre
Por María Belén Cura (*)

Les paso a comentar, que yo era un tipo normal, todas las mañanas buscando un pedazo de cielo entre medio de los enormes edificios de la ciudad, para poder observar, tal vez un rayo de luz en el verano…

Una mañana, de esas que no encontraba el cielo, saliendo del hospital, con una de las peores noticias, y aunque puedo admitir que fue escalofriante escuchar todos los procedimientos y

opciones para poder enfrentar esto, en mi cabeza solo resonaba una pregunta: ¿y mi calidad de muerte?, muchas veces me había cuestionado como sería mi final, y hoy se hacía realidad…

Llegué a casa más temprano de lo normal, y aunque quería compartir la noticia con mi esposa y mis hijos, al verlos no pude… no pude porque ellos ya están enfrentando su vida, la que yo, evidentemente ya tuve, la que se me escapo de las manos criando, trabajando y manteniendo un matrimonio fiel desde el principio…

Con el correr de los días, hasta me olvidaba por momentos que esta nube negra venía a mis espaldas, sosteniéndose de mis hombros, susurrando al oído que hiciera lo que hiciese, sería mi última vez, había días que incluso conversábamos lo absurda que sería la muerte si no tuviera nada para susurrarnos, solo vendría y nos llevaría, pero en mi caso pude despedirme y hasta incluso disfrutar de su largo camino, decidió venir e instalarse a mis espaldas y aunque quise luchar sabía que era imposible sacármela de encima.

Por momentos las noches eran más largas, o más cortas, dependiendo si los calmantes hacían efecto, no quería que mi familia me viera así, entonces, decidí no tomar medicamentos, solo calmantes hasta llegar el día, pero cada vez era más difícil evitar contestarle a esa voz, a ese susurro, que me decía que sería la última vez… hasta que no me contuve y le contesté, como debí hacer desde el principio…

Y una noche en la fría cocina, en soledad, decidimos hablar.

Comenzó diciéndome de lo absurdo que veía las maneras que tenía el ser humano para evadirla, para que la muerte no llegue, me comentó las razones por las cuales pensaba que los seres humanos somos los más egoístas a la hora de su llegada y, que por muchas razones, no

podía comprender por qué la tristeza nos embarga si tuvimos tiempo para aprovechar a nuestros seres queridos, su verborragia no terminaba, y con ella su intensidad aumentaba, hasta podría decirles que la sentía adolorida, frustrada, se veían sus grandes y hermosos ojos con lágrimas porque no entendía el por qué no podíamos permitir que la gente que amamos solamente se vaya, que descansen, porque nos empeñábamos en seguir sujetando lo que no podíamos, lo que tarde o temprano se va a cortar, tampoco comprendía por qué los humanos no aprovechábamos los momentos en los que ella ya rondaba en sus vida, casi gritando de angustia llego a decirme “- POR QUE NO ME VEN, SI PARA ESTO FUE QUE NACIERON!” , traté de calmarla, tenía miedo que alguien despierte, intenté explicarle, que no estamos preparados para lo inevitable, que es más fácil negarnos, negar nuestra mortalidad, que afrontarnos a nuestro egoísmo, y ese mismo egoísmo es tan grande que incluso creemos que los rencores también tienen que ser eternos, tenemos tantas excusas para negarnos a ella que incluso, inventamos mundos en los cuales en algún momento nos encontraremos…

No pude terminar las palabras, mis banas excusas de nuestro egoísmo quedaron mudas ante un profundo y ensordecedor silbido, llevé mis manos a los oídos, cuando en ese momento ella me dijo – ¡Salgamos de aquí! ¡Ya tengo tu bolso listo!

Y nos les voy a mentir, salimos, en auto, y dejamos atrás miles de edificios que tapan los cielos y, hoy por fin, recibo la luz abierta de un cielo despejado.

 

 

(*) La autora del relato es escritora y recientemente publicó el ensayo «Lo inevitable»