Andalgalá

Los cordones

Por Aráoz Tapia
                                                                        (microficción jurídica)

El Fiscalito es un pobre hombre, le dijo el perro al oído. Enzo hizo como que no escuchaba: ya lo sabía. Y el gobernador tiene miedo, susurró el caschi. Y eso ya lo sabe todo Andalgalá, hasta los policías que maltrataron a Enzo, que también tienen miedo, y hasta los mercenarios de la minera, que también tienen mucho miedo. Y de la mediquilla que te faltó el respeto a vos y a su propio juramento hipocrático no te digo nada, porque soy un perro educado, gruñó el muy callejero.

Cuando Enzo terminó el trámite de reemplazar las bolsas de plástico por los cordones que le habían retenido en la comisaría, seguía sonriendo, sabiéndose rodeado de tanto amor, de tanta familia humana y canina. El peludo no paraba de lamerle certezas al oído, pero el defensor del Agua no podía, por pudor, celebrar en voz alta esa última lúcida reflexión perruna: que toda esa pobre gente, gobernador, fiscal, médica y milicos no pueden siquiera atarle los cordones a un guardián del Cerro. Mirá si te van a atar los sueños, los ideales y las convicciones, escuchó Enzo en lo que casi parecía un ladrido.