Columnistas

12 de Octubre, Día del Respeto a la diversidad Cultural

Por Jorge F. Chayep (*)
Más allá del justo y necesario respeto que merecen todas las etnias, orígenes, culturas, religiones, creencias e ideas de los seres humanos (siempre que no estén reñidos con las leyes que nos rigen) que pisan el suelo y habitan esta maravillosa América, ya consagrados en nuestra Carta Magna.

Más allá de la inmensidad del océano que nos separa, navegado por las frágiles naves del desacuerdo y del rencor históricos.

Más allá de los apologéticos, los revisionistas y los negacionistas detractores de la colonización, quiero recordar este monumental poema surgido de la erudita pluma de Jorge Luis Borges, donde el vate nos transmite qué significa para él España.

Con la habilidad con que un joyero engarza las preciosas piedras, el poeta enlaza las preciosas palabras para contarnos la transculturalidad de donde surgen las virtudes y los defectos de esa nación, que guarda en sus costumbres, su idioma y su idiosincrasia, sus propias invasiones y dominaciones; de dónde surge su acervo cultural del que somos, en parte, herederos forzosos.

Borges nos da, en este poema del año 1964, una lección de universalidad. Nos sorprende con unos cuantos versos, en los que resume la grandeza y las miserias de un pasado que en cierta forma también nos pertenece, y en el que tuvimos pérdidas y ganancias.

Como dijo el también grande Pablo Neruda: «Se llevaron el oro y nos dejaron el oro…Se lo llevaron todo y nos dejaron todo…Nos dejaron las palabras…»

(De su obra póstuma de memorias «Confieso que he vivido», año 1974)

ESPAÑA

Jorge Luis Borges

Más allá de los símbolos,

más allá de la pompa y la ceniza de los aniversarios,

más allá de la aberración del gramático

que ve en la historia del hidalgo

que soñaba ser don Quijote y al fin lo fue,

no una amistad y una alegría

sino un herbario de arcaísmos y un refranero,

estás, España silenciosa, en nosotros.

España del bisonte, que moriría

por el hierro o el rifle,

en las praderas del ocaso, en Montana,

España donde Ulises descendió a la Casa de Hades,

España del íbero, del celta, del cartaginés, y de Roma,

España de los duros visigodos,

de estirpe escandinava,

que deletrearon y olvidaron la escritura de Ulfilas,

pastor de pueblos,

España del Islam, de la cábala

y de la Noche Oscura del Alma,

España de los inquisidores,

que padecieron el destino de ser verdugos

y hubieran podido ser mártires,

España de la larga aventura

que descifró los mares y redujo crueles imperios

y que prosigue aquí, en Buenos Aires,

en este atardecer del mes de julio de 1964,

España de la otra guitarra, la desgarrada,

no la humilde, la nuestra,

España de los patios,

España de la piedra piadosa de catedrales y santuarios,

España de la hombría de bien y de la caudalosa amistad,

España del inútil coraje,

podemos profesar otros amores,

podemos olvidarte

como olvidamos nuestro propio pasado,

porque inseparablemente estás en nosotros,

en los íntimos hábitos de la sangre,

en los Acevedo y los Suárez de mi linaje,

España,

madre de ríos y de espadas y de multiplicadas generaciones,

incesante y fatal.-

 

 

(*) El autor de la columna es Doctor en Medicina