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Era la moderación, estúpido

A partir de principios de junio de 2020 Alberto perdió el rumbo y el estilo estratégicos, empezando a romper el contrato que había firmado con la mayoría de los votantes.

Moderación es una palabra que el presidente se debería haber tatuado en el brazo el día que asumió. Trató de llevarla adelante los primeros 100 días. Luego vinieron las mieles de la pandemia y más allá la inundación.

Porque a partir de principios de junio de 2020 Alberto perdió el rumbo y el estilo estratégicos, empezando a romper el contrato que había firmado con la mayoría de los votantes.

A principios de junio del año pasado el gobierno intentó intervenir la empresa Vicentin. Fracasó. Pero levantó un mal humor enorme en la provincia de Santa Fe. La ciudad sede de esa empresa es Avellaneda. El intendente de esa localidad, Dionisio Scarpín, fue precandidato a senador, y acompañando a Carolina Losada, ganaron la primaria de Juntos por el Cambio. Si los números de ayer domingo se mantienen en noviembre, el oficialismo habrá perdido un senador nacional por el affaire de dicha empresa gracias a la decisión de Alberto, fogoneada por el kirchnerismo ortodoxo.

Pero no solo eso. El caso hizo tanto ruido que entonces el gobierno perderá otro senador por Córdoba, tendrá derrota en Entre Ríos, y por qué no Chaco, donde Vicentin también tiene actividades. Todo porque el presidente no se tatuó en el brazo la palabra moderación. A partir de eso vino un dominó de sucesos que concluyeron con la “Cancha Rayada” del pasado domingo 12 de septiembre de 2021, un día que quedará en los anales de la historia electoral.

¿Por qué? ¿Si el kirchnerismo ya se recuperó de otras derrotas? Es verdad. Pero en 2009 el proyecto estaba transitando el boom de los commodities, vivía Néstor y tenía mucho para dar en materia de iniciativas. En 2013 perdió en la provincia de Buenos Aires, pero ganó a nivel nacional y mandaba Cristina. En 2017 estaba en la oposición. Ahora está en el gobierno, la crisis económica es fenomenal, no se sabe cómo evolucionará la pandemia y Ella manda, pero no tiene la lapicera, con todos los conflictos que eso genera.

Estaban todos los condimentos para la derrota, a saber:

  • humor social de angustia, miedo, incertidumbre, frustración;
  • sensación de “otra vez sopa”;
  • gobierno desaprobado;
  • presidente sin poder y desdibujado, cuestionado por la vicepresidenta;
  • la economía es el problema principal y en eso está muy mal evaluado;
  • expectativas negativas sobre el país;
  • la mayoría social quería que perdiera;
  • una oposición que jugó fuerte usando a su favor el sistema de primarias, con una nueva cabeza asomando;
  • irritación con una gestión que perdió legitimidad por casos como el vacunatorio VIP y el cumpleaños en Olivos; y
  • un oficialismo que empezó a dar señales de fatiga interna en sus cuadros militantes jóvenes.

La pregunta era si la sumatoria de todos esos factores climáticos iba a producir la tormenta perfecta. Se produjo sin atenuantes. Claro, como la brújula –las encuestas– parecía oscilante, no era sencillo predecir cuánto efecto iba a tener el viento en contra. Ya le pasó a Macri hace dos años atrás: sus gurúes le llegaron a decir que podía empatar. Dieciséis puntos abajo los contradijeron.

Un capítulo especial deberá ser dedicado en los análisis de los días posteriores a la abstención electoral. Habrá que mirar con lupa el mapa y hacer muchas correlaciones estadísticas para deducir quiénes no fueron. Porque ahí puede esta una de las claves: ¿electorado propio se quedó en la casa? Si se confirma que el oficialismo suma solo 30 % a nivel nacional, eso significa que se perdieron por el camino unos 7 puntos comparado con 2017. Una enormidad. Si tomamos como parámetro a 2019, en las PASO el Frente de Todos ganó por 53 a 33 %. Hoy tiene 33. Apenas 20 puntos de deterioro.

Pero esto solo fueron las primarias. A favor del oficialismo: el ensayo general salió mal, tiene 60 días para ajustar clavijas como pasó en 2017 que logró dar vuelta dos imposibles (San Luis y La Pampa). En contra: en noviembre tiende a votar más gente que ahora, y esa expansión de la torta en la elección general viene favoreciendo a Juntos desde 2015 hasta 2019. No está muerto quien pelea, y si no pregúntenle a Macri y a CFK. Paciencia y tenacidad.

La elección de ayer además fue un laboratorio a nivel latinoamericano, porque –al igual que Lacalle Pou– Alberto transitó casi toda su gestión en pandemia. Bolsonaro al menos había tenido un año de changüí. En este sentido Argentina por ahora se suma al lote mayoritario en donde los oficialismos de turno pierden. Ya sucedió en Brasil, Bolivia, Ecuador, Perú, Dominicana, Chile. Las excepciones han sido las legislativas de México y las municipales de Uruguay. Pareciera que COVID mata oficialismos.

La Argentina lleva 10 años buscando la moderación y no la encuentra. Parece ser una dama difícil de conquistar. Cada vez que el fiel de la balanza sintió que aquella se perdía, reaccionó de manera contundente. Pasó en 2013, 2015, 2019 y 2021. Solo no ocurrió en 2017, la excepción a la regla. Tenemos un problema, Houston.

Carlos Fara