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Columna destacada: Traducir e interpretar

Por Patricio Di Nucci (*)

Borges al escribir “Pierre Menard, autor del Quijote” en Ficciones, entre otras cosas quiso ensayar la versatilidad y multiplicidad de sentidos que puede tener un escrito. El mismo texto puede significar diferentes cosas en contextos distintos. Esto lleva a preguntarse nuevamente lo que desde mucho tiempo se preguntan los que hacen literatura: ¿desde dónde y hasta dónde un texto es plagio? El mismo texto puede referir a valores diferentes según lo entendamos en una circunstancia o en otra.

La necesidad de interpretar es constante y no son pocas las veces que necesitamos que nos repitan algo porque no estamos seguros de haberlo entendido correctamente. Y no solo textos, necesitamos interpretar, sino gestos, silencios. La interpretación es permanentemente requerida en nuestras comunicaciones.

Quien desempeña la actividad de trasladar su significado de una lengua a otra lo llamamos traductor o intérprete. Etimológicamente traductor quiere decir el que lleva más allá, del otro lado. De ‘trans’, prefijo que significa ‘del otro lado’ y ‘ducere’ ‘guiar’. Intérprete viene del prefijo ‘inter’ (significa ligar dos términos) y de una voz muy antigua ‘pres’ (comprar, vender). Era el que unía al que vendía con el que compraba.

Aunque los usemos como sinónimos, y lo son, encierran significados diferentes, no por lo que expresen, sino por la carga de valor de diferentes aspectos de la función de traducir o interpretar. En el caso de traductor el acento está puesto en el resultado del propósito: llevó un concepto desde un código de comunicación a otro. Se recuesta más sobre el lado objetivo. Es como si entregara el producto acabado. El intérprete carga sobre una condición ligada a la función: resignifica el sentido original del mensaje. Éste aporta un valor de subjetividad que el primero no indica. Claro que en toda traducción hay intervención subjetiva, no es eso, sino que la traducción refuerza el valor objetivo de lo producido. En el caso del intérprete se usa la misma palabra para quien ejecuta una música, o encarna un papel para la actuación. Se remarca la intervención de quien participa de la acción de interpretar. Con toda propiedad son dos caras de la misma moneda. Se recuestan sobre aspectos diferentes del significado.

Los intérpretes no solo lo hacen sobre el discurso oral y escrito, todos somos intérpretes de la comunicación cotidianamente. Somos hermeneutas. Y esto es porque hay un elemento que es mediador, el idioma, por ejemplo. También pueden ser los gestos.  Necesitamos entender lo que se dice, decodificar el mensaje. Ante un hecho flagrante baja la intensidad interpretativa; la realidad se aparece con toda la fuerza en modo directo, sin necesidad de decodificación. Cualquiera, en cualquier idioma entiende el llanto, el dolor de otro. El encuentro con la cosa dispensa del trabajoso ejercicio de decodificar.

La autoridad de alguien es resultado de su comportamiento, de la corroboración en hechos del discurso pronunciado. Alguien es creíble porque ha demostrado la coherencia a lo largo de su vida. Ha podido sostener con su vida su palabra.

¿Por qué ha impactado tanto la foto de la fiesta en Olivos? Más que los videos, porque estos fueron conocidos más tarde. Pero el impacto de la fiesta fue demoledor para la autoridad del presidente porque era lo contrario a su palabra. Con su palabra era exigente y amenazador. Pero la foto no requirió interpretar el mensaje implícito. Fue el encuentro con la realidad de modo directo, sin mediaciones como la del idioma, que puede dejar algún resquicio a la justificación. Fue la realidad bruta, sin editar. No es lo mismo ver algo que escuchar que sucedió algo. En general la evidencia es concluyente. Una imagen tiene la potencia de exponer simultáneamente todo: contrastes, matices, colores, detalles. El discurso requiere de la sucesión de palabras para describir una realidad que pertenece al campo de lo tangible. La vista de esa realidad –su inmediatez- dispensa esfuerzos.

¿Cómo interpretar lo sucedido esta semana? Lo primero que cabe decir es que nadie leyó correctamente lo que se estaba gestando. Ni la oposición ni el oficialismo. Todo indicaba que el oficialismo iba arriba en la intención de voto. La sorpresa fue general. Unos celebraban otros lamentaban, pero los números fueron desconcertantes. Cuando no se lee bien no se puede interpretar adecuadamente. Mucho menos traducir la realidad percibible, no percibida.

Aquí traducir podemos entenderlo como tomar nota correcta de lo que se está demandando y proponer respuestas en consecuencia. Se tradujo mal el texto de las necesidades de la gente. No se hablaba la misma lengua; uno de los dos términos quedó afuera del intercambio. Y mucho menos podría haberse interpretado lo que no se comprendía. Hoy resulta claro que la palabra del oficialismo no fue en la línea de lo que esperaba el pueblo. No había sido interpretado. No durante la campaña -que todos dicen cosas adulcoradas- sino durante todo el tiempo que duró la pandemia.

Una de las reacciones posible frente a un hecho desconcertante es buscar responsables de las causas y efectos producidos. Es como una discusión entre dos personas que se reprochan recíprocamente ante hechos producidos por responsabilidades insatisfechas. A lo que asistimos esta semana en el gobierno fue injusto para toda la población. Ver a las más altas autoridades del país imputándose incumplimientos, desafiándose la autoridad, jugando como dos adolescentes cuando deberían haber resuelto en diálogos privados sus diferencias y mostrar ante la ciudadanía que interpretaron sus insatisfacciones y procurarán hacer lo necesario para dar las respuestas correspondientes. Ciertamente resulta claro, después de las elecciones, que no interpretaban adecuadamente el humor social. Ahora, una vez que pasó y se tomó nota de la cruda realidad adversa a las políticas del gobierno, lo que queda es serenarse. Han jugado con la gente. Un país sin crédito, sin expansión económica, con altos índices de pobreza, chicos sin clases, muertos, negociados, hipocresía. Incremento de homicidios, de droga, de inseguridad. Intercambian funcionarios como si fueran soldaditos de plomo, o del juego del estanciero. Hay un reclamo de un basta gigante. Es otra cosa lo que la ciudadanía pide, lo que necesita.

Los hombres de trabajo, de cualquier condición; gente sencilla, seria, no nos merecemos dirigentes de tan baja calidad humana. Creo que es lo que se les dijo el domingo. Interprétenlo adecuadamente y tradúzcanlo en hechos que ayuden a modificar la dura realidad del país.

 

 

El autor es Licenciado en Teología (UCA) y Licenciado en Letras (UBA)