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Opinión

La crisis en Cuba y la censura que Cristina Kirchner impone al Presidente

Las limitaciones de su poder resultan tan ostensibles que Alberto Fernández prefiere simular desinformación antes de correr el riesgo de una controversia con Cristina Fernández o algún brote incómodo en el Frente de Todos. Un caso de las últimas horas transparentó esa realidad conocida. El Presidente aseguró desconocer lo que está sucediendo en Cuba. Sin embargo, reclamó poner fin a los bloqueos. En síntesis, sabe que algo ocurre.

¿Qué ocurre? Hay una dictadura envejecida, huérfana de un sistema económico, flagelada, como todo el mundo, por el rigor de la pandemia. Los padecimientos suceden en medio de un persistente clima político opresivo que repentinamente registró erupciones. Masivas marchas populares reclamando libertad. Como aquella de 1994 en La Habana, cuando la isla estaba a la deriva luego de la caída de la URSS. Aunque extendidas ahora a una decena de ciudades.

Aquel envejecimiento tiene un registro político y otro cultural. Fidel Castro falleció. Su hermano Raúl dejó el poder. La jefatura de Estado la ejerce Miguel Díaz Canel, sin los atributos naturales de sus antecesores y cuando el recambio generacional impacta más en los cuestionamientos a la revolución.

Esa disconformidad se ha venido gestando en la intelectualidad desde 2018. Apareció el Movimiento San Isidro, de matriz contestataria, que convirtió un tema musical (Patria y Vida, se titula, en contraposición al eterno Patria o muerte del régimen) en símbolo de las protestas.

Los casi tres minutos del tema parecen un recorrido perfecto de un tiempo que fue y dejó de ser. Sus cinco autores arrancan con un ritmo nostalgioso de las épocas de gloria de la revolución. Recuerdan a los magistrales Silvio Rodríguez y Pablo Milanés. Alejados hoy como íconos del régimen. Repentinamente la canción vira hacia una estética de plena modernidad (gustos al margen) y coloca a la demanda de libertad en el corazón de las estrofas.

Nadie podrá asegurar que se está cerca de la hora final del régimen. Pero la exposición de un Estado represivo sitúa en un lugar mucho más incómodo a los países que pretenden continuar mirando a la historia por un espejo retrovisor. A la vez, erigirse en los grandes defensores del respeto a los derechos humanos.

Es lo que le sucede, precisamente, al gobierno de los Fernández. Donde esa añoranza por la revolución cubana explicaría todo lo demás. Por ejemplo, el cuidado para referirse a los crímenes en la Venezuela de Nicolás Maduro. O los atropellos de Daniel Ortega en Nicaragua, donde sigue el encarcelamiento de opositores. La política exterior argentina, en ambos casos, quedó desairada en la ONU y en la OEA cuando esos organismos condenaron las violaciones de derechos humanos en los dos países.

No hay que olvidar que Cristina, en sus últimos años en el llano antes del regreso al poder a fines del 2019, afianzó su vínculo con La Habana a partir de un episodio desgraciado y familiar. La enfermedad de Florencia Kirchner, su hija. Hacia allí fue llevada por razones médicas y políticas. La vicepresidenta sabía que la joven iba a estar blindada. Así fue: nunca sonaron transparentes los pormenores de aquella enfermedad ni de su tratamiento.

Cristina hizo desde marzo del 2019 seis viajes a la isla. En todos los casos estuvo protegida por los Servicios de Inteligencia y Seguridad de la isla. Mantuvo frecuentes diálogos con líderes del régimen. Entre ellos, el propio Díaz Canel. También con Raúl Castro. En La Habana hizo designar como embajador al ex intendente de Ayacucho, Luis Ilarregui. Su pliego se aprobó en pandemia antes que muchos otros. Se trata de un dirigente identificado con el llamado setentismo. Su pareja es la madre de crianza de Fernanda Raverta, la titular de la ANSES.

La descripción explicaría el supuesto desconocimiento de Alberto sobre lo que pasa en Cuba. O, más bien, la censura que impone la vicepresidenta. También el permanente flamear de Felipe Solá. Ante el apremio, dijo que consultaría al embajador cubano para interiorizarse sobre lo que está sucediendo. El canciller pareciera vivir congelado en la década del 80.

El caso Bolivia

Toda la simulación asoma grotesca por otro curso de acción simultáneo que ejecuta el Gobierno con su política exterior. Acaba de presentar una denuncia en la Cámara Federal contra Mauricio Macri, Patricia Bullrich, Jorge Faurie y Oscar Aguad, entre otros, por el supuesto envío de pertrechos a Bolivia durante las elecciones fraudulentas del 2019 que derivaron en un golpe de estado contra Evo Morales. El movimiento habría sucedido en noviembre de ese año, cuando Macri había sido derrotado en las elecciones de octubre. Su administración sobrevivía a duras penas por la furiosa crisis financiera, económica y social.

La verdad o la farsa sobre tal denuncia se dilucidará con el tiempo. Pero con esa información precaria el Presidente se animó a decir que el ex presidente podría haber colaborado con violaciones a los derechos humanos. El ministro de Justicia, Martín Soria arriesgó que se abriría una causa penal. Su vice, Juan Martín Mena, se desgarró por el supuesto apoyo de aquel ex Gobierno argentino a una dictadura. Que nunca terminó de serla. En poco tiempo se llamó a elecciones que consagraron presidente, sin una sola sombra, al economista Luis Arce, discípulo de Morales.

La premura respecto de Bolivia, la ausencia en el caso de la nueva represión en Cuba y la reticencia sobre Venezuela y Nicaragua revelan los comportamientos arbitrarios y antagónicos del gobierno kirchnerista ante los mismos valores en juego. Una combinación tóxica de hipocresía y cinismo.

Las opacas posiciones argentinas explicarían dos cosas. Por un lado, su aislamiento internacional que se hace manifiesto en la región. Alberto entregó la semana pasada la jefatura pro-tempore del Mercosur a Jair Bolsonaro. El líder de Brasil asoma irrescatable. Sobresalieron en la ocasión las profundas diferencias con los otros socios del bloque, Uruguay y Paraguay. Fueron los vecinos, por otra parte, entre muchos, los que impidieron al Gobierno acceder a la presidencia de la Corporación Andina de Fomento (CAF), depositada en manos del colombiano Sergio Díaz Granados.

La otra movida de la política exterior resulta imposible no vincularla con la campaña electoral. No puede opinarse aún sobre el fondo de la cuestión del entuerto con Bolivia. Está claro, en cambio, que el kirchnerismo desea a Macri en el centro del debate electoral. Vieja fórmula que retoma con desesperación.

Eduardo van der Kooy

Alberto Fernández Argentina Cristina Kirchner Cuba poder protestas Raúl Castro

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