Columnistas

Cuba y el progresismo

Cuando se trata de eludir la discusión de los derechos humanos, derivando a que lo que hay que discutir es el bloqueo, se recurre al gambito usual de nuestros revolucionarios de café: cualquier cosa que pase en Cuba se debe a Estados Unidos y los lamebotas latinoamericanos. 

Mientras las progresías biempensantes de América Latina no conseguían desplazar a dictadores y/o fracasaban rotundamente cuando conseguían gobernar en lugar de ellos, la así promocionada como Revolución Cubana funcionaba como un Camelot intocable, el lugar donde todo era victoria, no existían las derrotas y la liberación y el socialismo estaban verdaderamente construyendo exitosamente al hombre nuevo. Mucho cuidado con criticarla.

Cuba, en fin, era la evidencia de que el marxismo es perfectamente viable en nuestra región. Qué importaban los traspiés en Chile, Bolivia, Colombia, Nicaragua, Venezuela, Perú, o la misma Argentina, si frente mismo al territorio del Imperio permanecía Cuba, intacta como una roca que nadie podía dominar.

Si fuera cierto que el castrismo era solo una aventura más, otra dictadura de las tan comunes entre nosotros que, aun contando con poder absoluto sobre la isla, terminaba sosteniéndose solo merced a una dictadura feroz, entonces qué quedaba para los siempre fallidos intentos de replicarla en otros países de América. No era entonces que solo nuestros izquierdistas venían fracasando. ¿Hasta el Gran Hermano fracasaba? No, ni hablar.

Cuba debía permanecer intocable. En la realidad y en la quimera de miles de sedicentes revolucionarios cuyas fórmulas fracasaron una por una en la totalidad del planeta, pero no importa: tengan por cierto que con Fidel en Cuba la Revolución crece felizmente día tras día. Así, dispensando al castrismo de toda responsabilidad en su desastre de gestión, podíamos automáticamente extender esas mismas indulgencias medievales al fracaso de cada uno de nosotros en nuestras respectivas sociedades.

Cuando se menciona a Corea del Norte como una sociedad comunista los entendidos invariablemente sonríen: se trata de una tiranía que usa ropajes ideológicos para encubrir su naturaleza despótica. Hace sesenta y dos años que lo mismo sucede en Cuba, pero cuando algunos se atrevían a denunciarlo, una virtuosa mayoría en las academias, las universidades, la prensa y en los partidos políticos importantes elegían mirar para otro lado. Todavía hoy lo hace.

Cuando algunos argentinos reclamaban que la OEA y la ONU inspeccionaran las cárceles de Videla, Fidel Castro votó oponiéndose y ello no alertó a ninguna alma pía de nuestra inteligencia nacional: el régimen cubano debía permanecer insospechable.

Mientras tanto, la asombrosa torpeza norteamericana que, en su momento, nos había enviado a un John Wayne como Braden, continuó sin entender a su patio trasero, instaurando un embargo tan injusto como contraproducente: el castrismo se las arreglaba muy bien solo para fundir por su cuenta a la economía cubana y el embargo solo serviría como justificación de los jerarcas cubanos para echarle la culpa de todo al Imperio.

En la diplomacia de medio mundo hace décadas circula un chiste ya convertido en clásico: cuando se entera de que su mujer lo engaña, un hombre de derecha le pega una paliza, uno de centro la invita a dialogar el problema y el de izquierda corre a la embajada norteamericana para tirarle piedras. El embargo justifica lo que sea.

Así procedieron nuestros progresistas vernáculos: no importa cuántos errores cometiéramos por nuestra cuenta, la culpa siempre la tenían potencias extranjeras obstinadamente dedicadas a impedirnos progresar. Para el catecismo procastrista era simple: todos estábamos bloqueados.

Cuando nuestro Presidente afirma que “no sé lo que está pasando en Cuba, pero terminemos con los bloqueos” no comete un error. Por el contrario, acierta exactamente en expresar lo que muchos como él (que se autodefinió como socialdemócrata) sienten ante el problema: impotencia argumental. Y cuando completa tratando de eludir la discusión de los derechos humanos derivando a que lo que hay que discutir es otra cosa, el bloqueo, recurre al gambito usual de nuestros revolucionarios de café: cualquier cosa que pase en Cuba se debe a Estados Unidos y los lamebotas latinoamericanos.

No está solo: en Venezuela las Naciones Unidas dictaminó oficialmente que han desaparecido o muerto por violencia estatal más de siete mil civiles desarmados, pero no fue únicamente Alberto Fernández el que no hizo nada. ¿Dónde están Hebe de Bonafini y tantas organizaciones generosamente financiadas que supuestamente defienden a los derechos humanos? ¿Y dónde está nuestro premio Nobel de la Paz? ¿Y nuestra Cancillería? Con Cuba pasa lo mismo. Esperemos a ver si Bachelet es enviada a inspeccionar en La Habana como se hizo con Caracas.

Como claramente estamos experimentando los argentinos, cuando una ideología posterga a los intereses nacionales nuestro comportamiento en el mundo parece un barrilete sin cola, cualquiera puede verlo. El inolvidable Tato Bores una vez especuló en cámara con despedir a sus libretistas, porque con solo abrir el diario le sobraban las boutades y torpezas. Hoy no pasa un día en que un canal no reponga audiciones de ese fantástico visionario desaprovechado.

¡En fin, “Señores, ¡vermut con papas fritas y good show!”.

 

Escrito por Andrés Cisneros