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Columna destacada: En qué manos estamos

Por Patricio Di Nucci (*)

En una comedia muy entretenida, “Los intereses creados”, Jacinto Benavente (1866-1954), sintetiza los enredos diciendo: “mejor que crear afectos es crear intereses”. Sentencia breve pero expresiva. A la vez que expresiva es de un alcance muy difundido. No es extraño cruzarnos con intereses espurios que mueven a las organizaciones de distinto tipo, aunque disfrazados de afecto o de genuina preocupación por el prójimo.

Otro sentimiento muy presente en la vida de los hombres es el deseo de venganza, personal, colectiva, familiar. Para ilustrar esto valga el recuerdo del final de la guerra franco-prusiana y la capitulación completa de Francia en 1871. El fin de la guerra, los pedidos de compensaciones y demás cargos por la derrota, fueron acompañados por una humillación enorme que hizo llorar al presidente francés Trochu. Al pasar los años el derrotado en otra guerra fue el Estado Alemán. La capitulación de Alemania recompone el ánimo francés. Pero lo que resulta interesante de apuntar es que Clemenceau, quien fuera diputado elegido ese año de la derrota francesa ante el imperio de Prusia, en 1871, fuera primer ministro durante la firma de la rendición de Alemania en 1919. Y, viva la herida por la derrota de cincuenta años antes, hace firmar la capitulación de Alemania en el mismo lugar en que se había firmado la de Francia: en el salón de los espejos de Versailles. Todos tenemos más fresca la reacción por la humillación y el resentimiento alemán que desembocará en la segunda guerra mundial y sus trágicas consecuencias. El artífice, y quien eligió el escenario de la firma, fue Clemenceau, que no había podido procesar la humillación de su país después de medio siglo.

El resentimiento…. el resentimiento es tremendo; primo hermano de la venganza. Y cuanto más frío, más madurado, más trabajado es más peligroso porque deja de ser resultado de la pasión y pasa a ser producto del espíritu. El deseo de venganza obnubila, enceguece el discernimiento, más allá del paso del tiempo. Se convierte en un modus vivendi, en un propósito de vida y en un objetivo inclaudicable. Clemenceau había vivido la humillación de su país, y eso permite objetivar y justificar el deseo vindicatorio de una identidad mancillada; pero en el plano personal, en las humillaciones vividas como ofensas a uno, esas son más difíciles de procesar. Y los deseos de venganza en el orden personal hablan de la pequeñez, de la incapacidad para superar los sinsabores del pasado. El resentimiento carcome la interioridad de la persona como un cáncer que no descansa. Esa interioridad se mide en términos de paz con uno mismo, de equilibrio emocional, de armonía espiritual. O no; de lo contrario.

Siempre imaginé a los candidatos electivos como aspirantes a ocupar un cargo en una entrevista laboral. Los electores somos quienes inquirimos acerca de las condiciones para ocupar el puesto pretendido. Se presentan a la entrevista para dar cuenta de las propuestas de trabajo. De cómo llevarían la tarea adelante. Hacen una presentación de planes y ofrecen las soluciones pertinentes. Conocen las condiciones en las que está la empresa, sus fortalezas, debilidades, potencialidades y todo lo que le incumbe. Ahora bien, una vez que gana la posición, ¿cabe justificar su incapacidad para resolver los temas para lo que fue contratado responsabilizando al gerente que lo precedió? ¿No conocía las demandas insatisfechas o los desafíos existentes? Si al resentimiento se suma la incapacidad del que preside, si esa combinación se activa, solo queda esperar que implosione la empresa y se instale la anarquía.

Cuando veo la cara de Cristina Fernández al saludar a Macri en el Congreso el día de cambio de mando, recuerdo lo que pensé la primera vez que la vi: esto recién empieza y no terminará bien. No han vuelto mejores, han vuelto con espíritu de reivindicación, por lo menos. La imagen transmitida fue la de quien retorna con poder y lo hará valer. Esta semana el ex vicepresidente condenado por corrupto salió en libertad por haber hecho cursos de electricidad, animador de eventos y otros. Cobra una pensión de 538000$ por mes mientras la mínima está en 23000$. La pretensión de instalar un procurador afín políticamente es, tal vez, lo más grave que puede pasarle al país. Manejarían caprichosamente los tres poderes del Estado. Las alianzas con los países de gobiernos autocráticos que violan indisimuladamente los derechos humanos básicos. El discurso encendido contra quienes no piensas concordantemente o contra gobiernos de otra línea ideológica; la ceguera para denunciar atropellos contra la dignidad humana en los países amigos. No. No han vuelto mejores. Y mientras Clemenceau pretendía reivindicar el honor de Francia, lo que vemos aquí es un deseo apenas contenido, por ahora, al menos, de pretender una exculpación total de un pasado injustificable y dudoso de enriquecimiento. Son (o fueron porque algunos han muerto) ricos el jardinero, el chofer, el secretario. Tampoco se confían entre los del mismo grupo. Se celan, se sospechan, se delatan, se perjudican entre ellos. Se desautorizan. No tienen “afectio benevolentiae”, tienen intereses, como dice Benavente. Una alianza por intereses no siempre confesados y tampoco siempre disimulados. Nunca más haré alianza con Cristina Fernández, dijo Massa no hace tanto. Parece haberse resignado a “con Cristina no alcanza, sin Cristina no se puede”.

Realmente, ¿les importamos? Todos, o muchos, conocemos a alguien que murió por covid; si les importáramos ¿no habrían buscado vacunas por todos lados? ¿Por el imperio, por la derecha, por los liberales, por los comunistas, por los de izquierda, por donde fuera? Ya sabemos, por la carta que se filtró esta semana que no, que no les importamos. Que cuando dicen que nos cuidan no es creíble. Que cuando nos dicen que nos aman, que buscan nuestro bien, que sufren los muertos (103000) de cada día, nos mienten. Han privilegiado alianzas de tipo ideológico, político, por sobre la masividad del alcance a las vacunas. Parece claro, aunque triste, que se privilegiaron intereses personales, proyectos de poder, conveniencias eleccionarias por sobre acuerdos para desarrollar el país en beneficio de la gente. El resentimiento y los deseos de venganzas aparecen en declaraciones y denuncias casi a diario. El desorden en el que vivimos las personas corrientes es una muestra cabal de la desprotección, de la inacción o de la desorientación de los gobernantes.

Recuerdo haber visto una película “El candidato” (1972) en la que un novato se presentaba a la elección para senador; no recuerdo mucho la película pero sí recuerdo que después de una agotadora campaña y habiendo resultado vencedor en la contienda, luego de los festejos y felicitaciones correspondientes, se encuentra con su jefe de campaña en el baño; cada uno en un mingitorio comentan los resultados; se produce un silencio elocuente que se rompe cuando el candidato, devenido vencedor, le pregunta a su compañero: ¿y ahora qué hacemos? Parece una frase premonitoria de tantos gobiernos desacertados que hemos tenido en el país. Valga como referencia que cuando se filmó “El candidato”, en Argentina había un 4% de pobres.

 

 

(*) El autor es Licenciado en Teología (UCA) y Licenciado en Letras (UBA)