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Horacio va por el medio, Alberto por la banquina

Rodríguez Larreta cree que la cristinización de Fernández puede favorecer sus planes a futuro.

La apertura del año legislativo fue la excusa. Pero fueron las elecciones de octubre, con terminal en las presidenciales de 2023, las que marcaron el eje de los discursos de Alberto Fernández y de Horacio Rodríguez Larreta. El Presidente eligió la radicalización y aceptar su destino de rémora de Cristina Kirchner. El Jefe de Gobierno porteño apuesta por la moderación en tiempos de tormenta. Uno de los dos va a acertar y el otro va a equivocarse. Quizás se equivoquen los dos. Lo que seguro no va a suceder es que los dos acierten.

Alberto ya había dejado trascender por donde iban a transitar sus palabras. Había un segmento de promesas económicas para escucharse a sí mismo. Había otro segmento de ofensivas contra Mauricio Macri y contra la Justicia para que escuche Cristina. Y había un espacio posible de autocrítica para que escucharan la enorme cantidad de ciudadanos defraudados con la vacunación de privilegio, que explotó hace diez días. El Presidente eligió apropiarse de un tercio del tiempo y explicó cómo va a hacer para resucitar una economía destrozada. Prefirió sobrevolar de apuro y sin convicción lo del Vacunatorio VIP y ofrendarle a la Vicepresidenta la mayor parte de su muy extenso discurso. Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio.

Hay una dificultad con el camino elegido por el Presidente. Es cierto que Macri, acorralado por el cambio de clima en la economía global y por sus propios errores terminó aferrándose a un préstamo del Fondo Monetario de dimensiones siderales. Y que es legítimo que la Justicia investigue si ese auxilio financiero tiene un lado oscuro. Insistir con el caballito de la maldita herencia no garantiza el éxito. Alberto podría preguntarle al mismo Macri cómo le fue con su reelección cuando se enamoró de la idea de echarle todas las culpas a Cristina.

Tampoco está a salvo del fracaso la estrategia de empujar a los jueces y a los fiscales para que todas las instancias de la Justicia puedan funcionar a su antojo. En este caso, Alberto podría cambiar de interlocutor y consultar con Cristina cómo le fue cuando quiso democratizar la Justicia a las patadas en 2013. Algo está sucediendo en ese poder institucional tan sensible. Los fallos recientes contra Milagro Sala, contra la causa por supuesto espionaje macrista, que empujó el kirchnerismo, y contra Lázaro Báez y sus hijos, demuestran que tal vez no alcance con criticar el privilegio de que no paguen impuesto a las Ganancias para demoler el espíritu corporativo de los funcionarios judiciales.

La dificultad de los dos temas que más le importan a Cristina (la ofensiva sobre Macri y la Justicia) es que no golpean en forma directa la sensibilidad de los argentinos. Nadie duda de su importancia ni del efecto que pueden provocar en el mediano plazo. Pero sucede como con las negociaciones con el FMI o con la reducción del déficit fiscal. Son más los que se sienten lejanos en primera instancia y, por eso, es que tardan más en impactar en las encuestas.

En cambio, la vacunación de privilegio parece ser de esos terremotos que avanzan rápido en la escala de Richter. A cualquier argentino le queda claro de inmediato y lo enfurece que un funcionario, o su familia o sus amigos se puedan vacunar antes que ellos. Sobre todo si se trata de personas de edad avanzada o con enfermedades que ponen en riesgo sus vidas. El kirchnerismo, por ejemplo, perdió las elecciones en toda la zona oeste del Gran Buenos después de la tragedia de Once. Y el macrismo jamás se pudo recuperar de los aumentos exponenciales en las tarifas de los servicios públicos. “Cuando el cuchillo está muy cerca tuyo, enseguida pensás si tenés que cambiar el voto”, reflexiona un encuestador que dice haberlo visto todo. Y los sondeos de los últimos días están mostrando cosas que preocupan en la Casa Rosada.

Tres horas antes de que lo hiciera Alberto, Rodríguez Larreta arrancó con su discurso inaugural de las sesiones porteñas. Horacio prefirió pasar el trago amargo en el comienzo. Habló por zoom porque debió cumplir con el aislamiento de cuarentena. “Fue por lejos el año más duro de mi vida”, sorprendió, vinculando la pandemia, su intimidad (se separó hace algunas semanas) y la explicación sobre los cinco días de vacaciones que se tomó en Buzios junto a sus hijas. Una decisión que ingresó a la polémica de las redes sociales en un momento en el que muchos argentinos no quieren o, dicho más sencillamente, no pueden tomarse vacaciones. Nada es más difícil en política que explicar algo que estaba oculto.

Al contrario de la estrategia en la que se zambulló el Presidente, Rodríguez Larreta cerró sus palabras con una definición política dirigida a la contienda con el Gobierno y al frente interno de Juntos por el Cambio. “La grieta es un negocio de la política; no suma, resta”, apostó Horacio. El plan 21-23 del Jefe de Gobierno de la Ciudad sigue siendo ampliar el espacio del 40% con el que Macri perdió en 2019. “Alberto me ayudó; se fue al carajo…”, les dijo a sus colaboradores, tras escuchar las dos horas de grieta albertista. La orden es insistir con la moderación.

Larreta no le teme a la radicalización creciente en la que parece sumergirse la política argentina. Cree que su única chance de supervivencia futura es atrapar los votos de peronistas o independientes desencantados que hayan votado a Fernández. “Los que decían Alberto no es Cristina”, les explica a los propios que dudan porque ven crecer a Patricia Bullrich en algunos sondeos. Horacio irá por el centro, más si Alberto insiste en elegir la banquina. Y todo indica que ese es el escenario que empieza a consolidarse en el país de la incertidumbre.

Hace poco más de un año, Alberto se consagró presidente con un discurso moderado, ganándole a un Macri que eligió la radicalización. Ahora se invierten los papeles y es Horacio el que pretende avanzar por el sendero del medio preparándose para una batalla donde un extremo de la grieta encuentra al Presidente atado a la suerte que le depare Cristina. Una elección que probablemente se dispute luego del invierno. En medio de los contagios, las muertes y el duende impredecible que despertó el coronavirus.

Fernando González