Opinión

La mala costumbre de naturalizar las conductas incorrectas

Editorial

Catamarca es una provincia donde es habitual aceptar y naturalizar las conductas incorrectas, no sólo en el sector público sino también en el privado y ese precisamente es un indicador de una identidad que nos duele a todos y que sería imperioso modificar como objetivo de mediano plazo.

Hoy, intentamos analizar por qué ocurre esto. Creemos, a pesar de ser un problema generalizado, que al ser la provincia un territorio donde mas del 80 % de la población depende de una manera directa o indirecta del estado, es difícil o mejor dicho, casi imposible pensar distinto o disentir con el poder de turno, porque el ciudadano tiene temor, miedo a  perder su trabajo, su contrato, o que las represalias caigan sobre algún pariente. Esa dependencia nefasta a ido haciendo mella en la moral ciudadana, en la conciencia del bien y del mal. Se detectan las situaciones anómalas, pero se dejan pasar por ese temor desordenado, impropio de una sociedad madura.

¿Y por qué nos referimos a estas cuestiones que para muchos no constituyen una novedad?. Es frecuente que sea materia de discusión en los encuentros sociales de amigos o en los asados, tan habituales por estos lares. Siempre se opina, al mismo tiempo que se ingieren bebidas espirituosas, es común que se enciendan las pasiones y muchas veces la embriaguez enfila para el lado bueno, llegándose a conclusiones maravillosas, en especial sobre la necesidad de cambiar de una vez por todas y que los catamarqueños usemos todo el potencial que tenemos en turismo, minería y agro ganadería, por ejemplo … ¿Y cuál es la conclusión?, recurrente porque todo termina en el ancla que representa el estado, que a la vez cobija a la mayoría de los comensales. Son los embates del individualismo clásico, el que no modifica conductas sociales, tan habitual del ser argentino. Pura utopía sin sentido.

Veamos dos ejemplos, uno, lo ocurrido con la funcionaria del gobierno nacional, Victoria Donda, que ya fue imputada por la justicia que la investiga, otro, el de la diputada de la provincia de Buenos Aires, Carolina Piparo, también funcionaria de la municipalidad de La Plata; rápidamente los medios periodísticos de cobertura nacional salieron a informar los hechos y al mismo tiempo en la mayoría de sus editoriales a fustigar el comportamiento de las dos funcionarias denunciadas, independientemente del color político de cada una de ellas.

Distinto fue el caso del arco político, cada partido salió a defender a la persona perteneciente a su fuerza política, en el mejor de los casos hicieron silencio. En países desarrollados estos hechos hubiesen provocado la renuncia inmediata del funcionario publico para evitar males mayores y hasta que la justicia aclare las verdad de las situaciones. Hay una gran diferencia entre esos países, desarrollados, y la Argentina, a la que se sigue catalogando mal que nos pese a los argentinos, como país en vías de desarrollo, porque entre otras graves anormalidades no existe la independencia del Poder Judicial, cualquiera sea el nivel territorial.

Volviendo la mirada hacia nuestra provincia, en el año 2020, hubo dos hechos que involucraron a dos diputados provinciales. Por una parte, la diputada Natalia Saseta y por otro lado, al diputado Augusto Barros. En el primer caso, por una denuncia en donde la legisladora del PRO, obligaba a los empleados a darle parte de sus sueldos, en tanto que el diputado Barros, se lo acusó de utilizar recursos de un municipio, es decir bienes del estado, para construir  una pileta de natación en la casa de unos de sus hijos.

Las justificaciones en ambos casos fueron desopilantes, la blonda diputada dijo que el empleado le estaba devolviendo un préstamo que le había realizado, excusa típica de un estudiante secundario al que se lo pesca in fraganti y el locuaz Barros, con argumento tipo golpe bajo, al alegar que había actuado de ese modo porque el hijo había sufrido mucho en la niñez. Nos subestiman o empleando una grosería, intentan tomarnos por pelotudos, pero no lo somos, todo lo contrario, son ellos.

El silencio fue casi absoluto de todo el arco político local, con una escasa defensa por parte de algunos dirigentes cercanos a cada uno de los imputados, o mejor dicho involucrados, pero la actitud general fue esperar que todo pase, que la opinión pública olvide, que el tiempo tape. Es inquietante cuando algo altera a la corporación política, no vaya a ser que si se condena a alguno de ellos a futuro se pierdan privilegios. Salvando las distancias, actúan con una estructura similar a la camorra napolitana.

Esperemos se haga justicia, y si las pruebas lo demuestran, sean condenados. Pero como dijimos en notas anteriores sobre la esperanza que en Catamarca ocurran milagros inesperados, es como pedirle peras al olmo.

¿Por qué esa expresión tan popular sobre las peras y el olmo? Simple, en Catamarca la justicia funciona para los ladrones de gallinas y celulares o bicicletas.  Funciona para algún poderoso que inquiete al poder de turno. En este caso son dos 4 de copas, lo más probable es que terminen siendo salvados a cambio de ser fieles servidores del oficialismo, en el cual ya militan. De ese modo, se naturalizan las conductas incorrectas y seguimos igual.